martes, 13 de junio de 2017

SAL Y LUZ Mateo 5,13-16.



Jesús dijo a sus discípulos:
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo. (Palabra del Señor)

La sal, da sabor. Cuando no le podemos poner sal a la comida por problemas de salud, la extrañamos, buscamos alternativas. En el justo punto, la comida adquiere un sabor que cada uno recuerda a través de su sentido.

También es un problema cuando la comida está demasiada salada. No se la puede comer. O no se puede beber el agua salada… si somos sabor para el alma del mundo, debe ser en el justo punto. Si faltamos, algo faltará a nuestro alrededor, no porque seamos imprescindibles, pues el mundo busca alternativas, sino porque  somos llamados a ser la sal de la buena, la que pone esperanza y alegría. Si ponemos mucho personalismo, haremos “salado” todo y ya no servirá. En este caso de la sal, sabemos que servimos para los demás. No somos sal para la sal, somos sal para los demás.


La sal, evita la putrefacción. Antes cuando no había refrigeradores (menos aun freezer)  la forma de conservar los alimentos era  metiéndolos en recipientes con sal. Aun hoy en regiones , se suele estilar, ya como algo novedoso en la cocina, el charqui, que es la carne deshidratada que se cubre con sal y se expone al sol…el frigorífico apareció en 1883 recién, así que la sal era usada por mucho tiempo como conservadora de alimentos.



Estamos llamados a conservar en nosotros y los demás la vida de gracia, de valores, preservar de la putrefacción a tantas almas que sin la presencia del cristiano, caerían aun más en el precipicio de las des gracias…


La sal , da sed… cuanto más sal soy, más sed tengo de Dios, más necesito de él, más agua debo beber de esa fuente de agua viva, más gracia quiero poseer, más bueno quiero ser, más luz quiero ser.


¿Cómo somos sal? Siguiendo las enseñanzas del Señor, tratando de ser otros cristos, siendo simpáticos, atendiendo bien, poniendo alegría ahí donde hay tristeza, estudiando y mejorando mi vida, siendo buen papá o mamá, dando de comer al hambriento, vistiendo al desnudo, solidarios, caritativos, generosos, amigables, casi que la sal es el alma, somos animadores de nuestro pequeño mundo.




La luz, alumbra, destruye la oscuridad, en esas noches cerradas y oscuras sin lunas, un pequeño faro va de a poco rompiendo cada milímetro de oscuridad, y aunque sea una pequeña luz de vela o candela, ya hay destrucción de oscuridad, y donde hay luz, hay vida, hay posibilidad de ver al que está al lado, hay posibilidad de ver algún camino, y por ende algún destino.


Cristo es la luz que ilumina a todo hombre, pero nosotros tenemos la posibilidad  de participar de su luz para poder, a la vez, transmitir esa luz a los demás.


 Con Cristo parece que siempre es mediodía.
Si nos paramos al mediodía a los rayos del sol, veremos que no hay una pizca de sombras porque el sol está totalmente vertical a nosotros. Bueno, nosotros cuanto más Cristo llevemos, menos sombra habrá en nuestro mundo pequeño.


Cuando las calles eran oscuras por poco alumbrado eléctrico
y el medio de movilidad común era la bicicleta, existían unos aparatitos que se conectaban al soporte de la rueda delantera que por fricción producían corriente que transmitían a un foco de baja intensidad, pero foco al fin, que servía para alumbrar el camino pedregoso y difícil. Era la dínamo en forma de botella.

Cuanto más fuerte uno pedaleaba, más fuerte era la luz emanada, en las subidas era difícil, pero dependía de la fuerza del ciclista para poder alumbrar más… cuanto más fuerte pedaleo, más alumbro, cuando más  rezo, más  alumbro, cuanto más misericordia, más alumbro, cuanto más nos esforzamos, más alumbramos. Depende de nuestra gimnasia, de nuestra voluntad, de nuestra entrega.
Ojalá seamos sal y luz. Una forma sencilla de pedir esta gracia quizás sea decir como san francisco:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo unión,
donde haya error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
Oh Maestro, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar,
ser comprendido como comprender,
ser amado como amar.
Porque dando se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna.



Buena jornada para todos. Dios bendiga nuestro día
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